Entramos en la casa de cuento de hadas de Scout Willis, hija de Demi Moore y Bruce Willis, en Los Ángeles
Scout Willis ha vivido desde pequeña bajo los focos. Parte de la realeza de Hollywood, (es hija de Demi Moore, protagonista de La sustancia, y de Bruce Willis, el inolvidable héroe de La jungla de cristal), ella misma ha hecho sus pinitos en el cine, sin embargo, en los últimos años ha trazado su propio camino lejos del legado familiar. Desde 2021 desarrolla su carrera como cantante y compositora, y con su primer álbum, Scout LaRue Willis, ha consolidado una identidad artística que se mueve entre lo íntimo y lo performativo. No es de extrañas que esa sensibilidad también se refleje en su hogar.
En su casa de Hollywood reina una atmósfera de fantasía doméstica. “Quiero que la gente que venga se enamore”, dice con una sonrisa, probablemente imaginando las fiestas que se celebrarán en esta casita de cuento de los años 20. Y es que Willis no habla solo de romance, se refiere también a esa electricidad que se genera cuando varias personas coinciden en el lugar adecuado. Sus amigos, de hecho, ya han bautizado a la vivienda como “la capilla del amor”.
Algo tienen de razón. La primera vez que atravesó el umbral de la vivienda, Willis lo supo inmediatamente. No fue el jardín ni la fachada normanda ligeramente romántica. El flechazo llegó de arriba. “Entré y vi esta bóveda”, cuenta por FaceTime, inclinando la cámara hacia la entrada. La bóveda de arista conserva su yeso coloreado original, ligeramente irregular, con esa pátina que solo el tiempo puede fabricar. “Lo sentí de inmediato”. No era solo arquitectura: era atmósfera.
De monumento histórico a manifiesto íntimo
La vivienda, construida por el arquitecto Frederick A. Hanson (autor también del famoso cementerio de Glendale, California), apenas había sido intervenida desde entonces. En el patio, un eucalipto monumental anclaba el conjunto con su presencia casi escultórica, como si la casa hubiese crecido bajo su sombra. Para alguien que se define como una friki de la historia de Los Ángeles, custodiar una construcción así no era solo una oportunidad inmobiliaria: era un acto de preservación cultural. Al tratarse de un monumento histórico, ni sus aproximadamente 90 m2 ni su característica fachada podían alterarse de forma significativa. “Y tampoco quería hacerlo”, aclara. Su objetivo no era reescribir la arquitectura, sino intensificar su espíritu. Para ello recurrió a Roman Alonso, del estudio Commune Design (AD100 en 2023), con quien mantiene una complicidad creativa desde hace más de una década. Juntos desmontaron vigas para revelar la madera original, revisaron las ventanas para mejorar la ventilación y transformaron el antiguo vestidor en un segundo dormitorio. La cocina se renovó con precisión y mimo. Pero el verdadero trabajo no fue estructural, sino emocional.
“Quería que pareciera la casa de una mujer adulta”, explica Scout, “y al mismo tiempo, un parque infantil absolutamente caprichoso y sensual” Ahí es donde la colaboración se vuelve tangible. “Scout quería que la casa reflejara su personalidad”, señala Alonso. “Se trataba de mostrarle todas las opciones. Ella lo eligió todo: los azulejos, los colores… Creábamos paletas y luego las mezclaba… ¡y funcionaba!”. Así, el techo abovedado del salón se tiñó del tono Peignoir, de Farrow & Ball, envolviendo la estancia con una luz empolvada que acentúa su singularidad arquitectónica. Las escaleras, en el profundo Brinjal, aportan un dramatismo casi teatral y el vestidor, (al que Willis llama “mi vestidor de centro comercial de los años 30 al estilo María Antonieta"), se cubrió de un delicado rosa pálido. La cocina merece mención aparte, revestida con un damero marrón y blanco, encimeras de hormigón verde, suelos de linóleo chartreuse y armarios de Stickley, logra un ambiente orgánico y ligeramente psicodélico con guiños a los 70.
“Arquitectura del coqueteo”
Willis pensó con precisión casi coreográfica en cómo se moverían (y se mirarían) las personas dentro de la casa, especialmente en el jardín, concebido junto al estudio Geoponika como una prolongación exterior de la casa. No era solo paisajismo; era escenografía social. ¿Podría alguien sumergido en el jacuzzi cruzar la mirada con quien ocupa la zona chill out? “Un amigo mío lo llama arquitectura del coqueteo”, dice riendo. Esa misma lógica rige la mesa de cóctel del salón. Tallada en cuarcita azul y madera de cerezo, no es únicamente un objeto escultórico: es un dispositivo de encuentro. Funciona como mesa de comedor y como escritorio improvisado durante el día. Para ajustar proporciones, recurrió al taller de Miguel Rojas, afinando la altura hasta que el gesto de sentarse, apoyar los brazos o tomar una copa resultara natural. El día de nuestra visita, la pieza cumplía su otra función: Scout escribía en su diario, junto al fuego, como si el espacio hubiera sido diseñado exactamente para ese momento.
Ingenio, fantasía y piezas con intención
En el resto de la casa, Alonso orientó a Willis para invertir en piezas que realmente definen el espacio y ahorrar en aquellas que podían resolverse con más ingenio. “Scout quería que la casa reflejara su personalidad”, explica. Así eligieron un sofá de George Smith de alta calidad y diseñaron a medida varios elementos, desde el "cabecero sol” que ella misma ideó hasta una mesa auxiliar que también funciona como casita para Grandma (su perrita adoptada). Incluso la cortina de la ducha responde a ese equilibrio entre ingenio y sensibilidad: compró encaje en Mood Fabrics y lo forró con gasa verde para suavizar la luz.
Los toques surrealistas se cuelan en todas las habitaciones, desde el cuadro en trampantojo de Michael Lombardo que cuelga sobre el sofá hasta una tetera digna del Sombrerero loco de Alicia en el País de las Maravillas. Pero el exterior, que Willis describe con cariño como “un jardín de cuento de hadas”, es quizá lo más deliciosamente excéntrico. Allí prosperan poco convencionales con especies autóctonas, acentuadas por un paisaje de piedras y rocas. El conjunto se completa con una bañera de estilo japonés, una elegante daybed a medida y la zona social excavada en la tierra. Desde ese foso revestido en ladrillo se obtiene lo que Carlos Morera, de Geoponika, llama “visión de gnomo: cuando estás sumergido ves el jardín desde el punto de vista de una diminuta criatura del bosque”.
El hechizo del tiempo
Cuanto más tiempo pasa en la casa, Willis ha comenzado a identificar conexiones entre esta arquitectura, que combina detalles de la Normandía francesa con el aire “molón” de una casa californiana de los años 70, y su propio proceso creativo. La vivienda no es un ejercicio de estilo aislado, sino una superposición consciente de capas, épocas y referencias que dialogan entre sí. “Lo que más me gusta de Los Ángeles y de esta casa es que es como un palimpsesto en el que se superponen todas estas épocas diferentes”, reflexiona. “Utilizo mi música de esta manera, utilizo todo mi trabajo de esta manera. Es como un hechizo”.
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Artículo originalmente publicado en AD Estados Unidos

















