En arquitectura, como en la literatura, a veces lo más importante es lo que no se dice. O, mejor dicho, lo que no se ve a simple vista. En el último proyecto de Burondo, fundado por las arquitectas Beatriz e Isabel Blanco, la clave está en los espacios intermedios: las transiciones entre luz y sombra, los volúmenes que dejan respirar la estructura y la continuidad visual. "Nos gusta trabajar con espacios de transición entre la luz y la sombra”, explican. Un gesto mínimo, un concepto mayúsculo.
Este piso de 128 metros cuadrados en pleno centro de Valencia se encuentra en un edificio con fachada protegida de los años 60, por lo que el mayor reto del estudio fue transformar una vivienda oscura y compartimentada en un hogar donde todo fluyese , con una arquitectura “muy depurada, honesta y sencilla”, que sirviera de marco para la colección de libros, objetos y mobiliario mid-century de sus propietarios. Un farmacéutico y una consultora —con una niña de dos años— que, tras haber confiado ya una primera reforma al estudio, volvieron a apostar por ellas.
Una casa para habitar, no para exhibir
El punto de partida era un clásico de la arquitectura de mediados del siglo XX: un pasillo largo y estrecho con una sucesión de estancias cerradas que dejaban pocos resquicios para la luz. Para los clientes, la prioridad estaba clara: “querían una cocina abierta al salón y cambiar la sensación de pasillo angosto, haciendo las estancias más amplias y ordenadas”. Así que el equipo de Burondo desplegó su estrategia: apertura, fluidez y un juego de texturas que dieran calidez a los espacios.
Pero el reto no terminaba ahí. “El principal desafío fue integrar una vivienda passive house sin sistemas de calefacción, conservar al máximo las alturas originales y responder a un programa muy exigente por parte de los clientes”. En otras palabras: la eficiencia energética y el bienestar debían ser invisibles, pero impecables.
El material como narrador
El lenguaje del proyecto lo marcan los materiales. Como un hilo conductor que da coherencia a la intervención, el suelo de madera de roble en punta Hungría recorre toda la vivienda, aportando esa calidez que le es tan característica. “Elegir una paleta de color homogénea nos permite resaltar las luces y las sombras, potenciar el vacío y las texturas propias de su materialidad con la intención de crear una atmósfera serena”.
En la cocina, verdadero epicentro del hogar, el mármol en tonos grisáceos veteados dialoga con la madera, mientras que en los baños se apostó por un tono rosado combinado con iluminación cálida y carpintería de roble. Todo pensado para enmarcar, sin sobrecargar, el mobiliario escandinavo y los objetos personales que los propietarios han ido recopilando en sus viajes.
Las puertas, enrasadas con la pared y de 240 cm de altura, mantienen esa continuidad visual: un cambio de material sin rupturas, casi como si flotaran en el espacio.
Inspiraciones y detalles
En este proyecto, los clientes tenían una referencia muy clara: el hotel Casa Boumort, con su estética cálida y su integración con el entorno. Pero por si fuera poco, para Burondo el gran referente ha sido siempre Louis Kahn. “Su forma de diseñar tiene un equilibrio entre la estética y la función, resaltando la pureza de las formas, el tratamiento de la luz y el vacío”.
Ese vacío lleno de significado es el que se percibe al entrar en la casa. No hay excesos decorativos ni artificios, pero cada rincón está pensado para que la vida suceda de forma natural. Y el espacio más especial, según las arquitectas, es sin duda el salón-comedor, donde la luz natural cambia la atmósfera a lo largo del día. “El día del reportaje de fotos nos salió nublado, por ejemplo”, comentan entre risas.
Quizá ahí está la clave del proyecto: en su capacidad para ser vivido, más allá de la instantánea perfecta. Una casa que no solo luce bien en una foto, sino que crece cuando la vives.
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