El precio no negociable de tener un pedazo de tierra en el paraíso: esta casa de campo en una aldea de Cantabria resume la felicidad de estar lejos de todo
En el pequeño núcleo rural de Sierra de Ibio (apenas 140 habitantes), en el municipio cántabro de Mazcuerras, una vivienda contemporánea se posa con la cautela de quien no quiere alterar el equilibrio de un paisaje que todavía se mantiene al margen de las transformaciones más agresivas del territorio. Aquí, donde la arquitectura tradicional sigue dialogando con praderas, pastos y huellas productivas, este proyecto de casa de campo del arquitecto Héctor Navarro nace con una premisa clara.
“La casa debía responder de manera precisa al lugar, a la normativa y a la estructura del núcleo rural en el que se inserta, evitando soluciones genéricas y trabajando desde una adaptación específica al contexto”, explica Navarro a AD. La normativa, que exige continuidad formal y material con la arquitectura tradicional, lejos de ser un obstáculo se convierte en una oportunidad para explorar cómo reinterpretar esa herencia desde una mirada contemporánea.
Lo vernáculo y contemporáneo del idioma de la arquitectura verdadera
La vivienda se organiza como un volumen unitario en forma de L que se pliega para articular el jardín y el aparcamiento, construyendo un ámbito doméstico resguardado. Esta geometría permite concentrar el programa en una sola planta y garantiza la ventilación cruzada de todas las estancias, abiertas hacia el sur y el oeste. Hacia el norte y el este, el edificio se presenta como una masa pétrea casi silenciosa, una tapia protectora frente al exterior. Desde el interior de la L, en cambio, la casa de campo se revela abierta, luminosa y permeable al paisaje.
La cubierta a un agua unifica el conjunto y refuerza su lectura como cuerpo continuo, casi como un muro que se pliega sobre sí mismo. La fachada exterior se construye con piedra local, evocando el espesor y la textura de los muros que configuran el paisaje rural de la zona. Un gesto que remite a la lógica de la arquitectura vernácula, donde las fachadas narran las transformaciones de la vida doméstica a lo largo del tiempo.
En contraste, hacia el interior de la L, grandes ventanales de suelo a techo establecen una relación continua con el jardín. Los huecos menores funcionan como encuadres del paisaje, mientras los paños acristalados lo prolongan y lo incorporan al interior. Aquí, la envolvente se transforma en madera oscura y vidrio, construyendo un reverso más ligero y cálido frente a la masa mineral del exterior.
La paleta material se construye desde el territorio: madera en tonos oscuros, cercanos a los que tradicionalmente se obtenían mediante aceites y tintes en la arquitectura montañesa; pavimentos de caliza gris procedente de la ría de Tina Menor, empleados tanto en interior como en exterior; y el rojo, presente en las tejas cerámicas y en los elementos de acero corten —marcos, remates y un canalón en voladizo— que convierte cada episodio de lluvia en un pequeño acontecimiento visual. El programa se divide en dos alas bien diferenciadas. Una acoge la zona de día —salón, comedor y cocina— articulada en torno al porche mediante una chimenea. La otra alberga la zona de noche.
Una manera de vivir en permanente contacto con el entorno
Los propietarios decidieron cambiar de vida tras la pandemia. No tenían una imagen preconcebida de la vivienda, sino una jerarquía clara de prioridades: conexión con el lugar, accesibilidad y viabilidad cotidiana. “El proceso fue muy compartido, con una implicación constante y una voluntad clara de entender el proyecto como una adaptación al lugar más que como una imposición formal”, señala Navarro, explicando que, “la casa se adapta a un estilo de vida que valora el tiempo compartido, la relación con la naturaleza y una manera de habitar flexible y abierta, donde arquitectura y vida cotidiana se construyen de forma simultánea”.
Ese modo de habitar se traduce en espacios continuos y poco compartimentados, donde cocinar, trabajar o estar forman parte de un mismo ámbito cotidiano. Uno de los dormitorios se concibe como pieza versátil: mediante una pared móvil puede abrirse al jardín y funcionar como espacio de trabajo o cerrarse por completo cuando es necesario. La relación con el exterior es esencial, reforzada por la vida diaria con los perros de la familia y por la futura incorporación de un huerto, entendiendo la casa como un proyecto vivo y en evolución.
El precio de una casa de campo en el paraíso
Más que reproducir la tradición, la vivienda trabaja con su reverso: con esa frontera donde lo vernáculo y lo contemporáneo se pliegan uno sobre otro. Una arquitectura que pertenece al lugar sin renunciar a hablar en presente, y que demuestra que incluso en los paisajes más delicados aún es posible proyectar sin ruido.
¿Y cuánto vale esto en el contexto actual? “En proyectos de arquitectura de autor como este, no solemos compartir cifras concretas, porque cada casa es muy distinta y las necesidades del cliente, las condiciones de obra y las decisiones de proyecto tienen un impacto enorme en el coste final. Si te sirve de orientación general, los presupuestos de obra en el entorno de Cantabria han experimentado subidas en los últimos años y es habitual que proyectos de calidad constructiva y detalle cuidadoso estén por encima de la media tradicional. En esta casa hay soluciones que encarecen (como fachada de piedra, detalles de remates en acero corten…), pero que buscan minimizar el mantenimiento, es decir, implementar una sostenibilidad económica real”, remata Navarro.
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