El Palacio de Liria como nunca lo has visto: Jose María Sicilia presenta Noches y Días
Más de tres siglos de historia en la Casa De Alba preceden a los albores del Palacio de Liria. Ventura Rodríguez lo culminó en 1785, un año crucial para la familia —que hoy continúa viviendo en el inmueble de uso privado más grande de Madrid—, por ser el comienzo de esta especie de milhojas histórico que atesora las energías acumuladas por tantos moradores e invitados de toda índole 241 años después.
Una historia de linajes
Antonio Machado se refería a estos amasijos energéticos que contienen los edificios centenarios plagados de arte como “recintos de la historia del espíritu, del pasado espiritual”; un pensamiento muy en la línea de José María Sicilia, el primer artista contemporáneo español que acoge el complejo. “Liria no es solo un palacio; es un dispositivo de representación histórica. Es un espacio donde el poder se ha construido visualmente a través de retratos genealógicos, decoración heredada, escenificación del linaje, superposición de siglos. Mi trabajo últimamente opera sobre eso y así lo podréis ver en Noches y días: la representación y sus mecanismos”.
El espejo como ruptura
Esta superposición de capas poéticas de la memoria es la que trae a Liria a base de grandes biombos que mezclan fotografías y objetos japoneses, indios y europeos, mariposas, libros de autores varios (entre los que se encuentran Kipling o Defoe); todo esto se añade al arsenal que contienen los salones del palacio, reflejados en los espejos de Sicilia que los convierte en ventana y umbral a su mundo propio: “El espejo introduce ruptura, multiplicación, contaminación de épocas y desjerarquización visual", apunta. “Mi obra convierte el espacio en un pliegue formado por el siglo XIX + siglo XX + presente del espectador + aparato tecnológico. Esto no es una intervención decorativa, es una operación sobre el tiempo”.
Un compromiso que mira al futuro
AD irrumpe en el montaje de estos artefactos reflectantes que auguran récord de selfies hasta el 31 de mayo de esas legiones de visitantes que ya batieron marcas numéricas con Flamboyant, de Joana Vasconcelos. Los duques de Huéscar, que asisten al desembarco de las obras en su casa, verbalizan un compromiso real con la exposición, —no solo institucional sino también personal y el de la Fundación Casa De Alba— por expandir las posibilidades del formato expositivo dentro de su buque insignia: “Es lo normal aquí, mi familia lo ha hecho siempre y nosotros continuaremos por esta línea. Igual que mis antepasados apoyaron a los grandes maestros, Sofía y yo haremos lo propio en nuestra era”, comenta Fernando Fitz-James Stuart; Sofía Palazuelo apostilla: “Además, es una nueva forma de ver Liria, con sus salones reflejados en esta obra. Los que conocen el palacio quedan sorprendidos y los nuevos visitantes viven una experiencia artística totalmente distinta que puede atraer a públicos afines al arte contemporáneo”.
Una imagen simbólica
Han sido intervenidos la biblioteca, el salón de baile, el salón de los Amores de los Dioses, el salón Estuardo y el salón del Gran Duque; pero junto al artista y Rumba (su perrita dachshund), los duques posan para AD en los salones de Eugenia de Montijo, tía de los Alba, que murió y aportó a este hogar vivo, no solo las piezas de su colección, sino esa valiosa aura energética que se masca entre sus paredes enteladas y que es el mejor ejemplo de lo que Sicilia quería conseguir con esta muestra de arte y densidad histórica. “En este salón hay una foto profundamente simbólica de la última emperatriz de los franceses. Aparece en el jardín del Palacio de Liria con gafas oscuras, junto al oftalmólogo Ignacio Barraquer, quien la había operado de los ojos. Poco después moriría allí, en 1920", explica el artista.
“Esta escena concentra varios niveles de lectura: la mujer que encarnó el esplendor del Segundo Imperio, la estética de la visibilidad, del brillo, del espejo, aparece ahora protegida de la luz, recién intervenida en los órganos de la visión y a punto de morir. Hay algo casi órfico en esa imagen: la emperatriz que representó el apogeo de la escenificación imperial termina en un espacio cargado de retratos, espejos e historia, pero con la mirada cubierta. Sus gafas oscuras introducen una paradoja y al proteger su vista, también se la niegan. Es un gesto involuntariamente moderno, cuando el poder ya no mira; se retira de la luz. Aquí en este salón tenemos el ver, el espejo y la muerte. El espejo es tránsito, la mirada como riesgo y la visión como pérdida”.
"En el Segundo Imperio, el espejo multiplicaba la presencia, el poder y la identidad. En Cocteau, el espejo conduce a la muerte y en Liria, la emperatriz operada, con gafas oscuras, parece situada entre ambos mundos. Como si la mirada hubiera dejado de ser afirmación y se hubiera vuelto fragilidad”, concluye Sicilia.
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