Arcos de Gaudí, viñas centenarias y modernismo: así revive una de las grandes Catedrales del Vino

En un rincón del Penedès, una cooperativa agrícola modernista diseñada por Cèsar Martinell, discípulo de Gaudí, se prepara para renacer después de más de 45 años sin actividad. Sus espectaculares arcos parabólicos y tinas de fermentación intactas cuentan historias del pasado y mantienen viva la memoria del territorio.
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Estos edificios agrarios en Cataluña, construidos hace 150 años, no eran meras bodegas: eran Catedrales del Vino, pensadas tanto para la eficiencia productiva como para dignificar el trabajo agrícola. En la imagen, la cooperativa de Aguamúrcia, diseñada por un discípulo de Gaudí.@ Cortesía de Can Sumoi

Arcos de Gaudí, viñas centenarias y modernismo: así revive una de las grandes Catedrales del Vino

Si alzas la vista hacia el norte, desde las viñas del valle del río Gaià, en la comarca del Alt Camp, Tarragona, podrás ver la silueta recortada de Santes Creus, monasterio cisterciense fundado en 1160. Estamos en pleno corazón del Penedès a 600 metros de altitud, rodeados de viñedos y colinas; aquí, se levanta la antigua Cooperativa de Aiguamúrcia. Tras décadas en silencio, este edificio de color tierra, con fachada de ladrillo y mampostería, comienza nueva etapa.

Proyectada por Cèsar Martinell, discípulo de Antoni Gaudí y figura clave del modernismo agrario catalán, la cooperativa —construida a inicios del siglo XX— es testimonio de una época en la que la arquitectura rural se concebía con la misma ambición técnica y simbólica que los grandes monumentos de la ciudad.

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“Formamos parte del movimiento cooperativista del pueblo, somos un socio más. Hemos firmado un contrato de alquiler a 35 años para poder utilizar esta cooperativa e invertir en ella”, explica Pepe Raventós, hijo y nieto de una de las estirpes vinícolas con más tradición de espumosos.@ Cortesía de Can Sumoi

Que el edificio siga en pie y conserve su interior intacto, congelado en el tiempo, se debe al cuidado de algunos vecinos del pueblo —hoy apenas 40 habitantes—, que continúan vinculando su vida a estos muros de ladrillo y piedra. “Aquí venimos a celebrar las fiestas y a almacenar la uva”, señala una vecina, Judit Romeo, también historiadora del arte, que, sin proponérselo, ha asumido un papel relevante en la historia que vamos a contar.

En 2025, el proyecto Can Sumoi, impulsado por Pepe Raventós, perteneciente a una familia que lleva décadas vinculada al negocio del vino y conocidos por estar vinculados a Codorníu, tomó las riendas de la recuperación de la cooperativa con un objetivo claro: devolverle su función original. La intervención no busca transformar el edificio en museo, sino reactivarlo como bodega y espacio agrícola vivo. “No se trata de nostalgia, sino de continuidad. Preservamos la lógica estructural, la claridad espacial y la integridad material del diseño de Martinell mientras restituimos su propósito productivo”, señala Romeo, que forma parte del equipo que está trabajando en restaurar esta joya.

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Construida con piedra local, ladrillo y hormigón, la cooperativa tiene una sola nave de 22,5 metros de largo dividida en dos partes: una para la recepción y tratamiento de mosto y otra con las tinas de fermentación del vino.@ Cortesía de Can Sumoi

“Muchas de las fincas del sur del Penedés están abandonadas, pero mi objetivo es recuperar el vino de esta zona. Poco a poco, se ha ido trabajando en bodegas de alquiler, siempre con la idea de encontrar un lugar definitivo donde poder elaborar vino con la máxima calidad”, explica Pepe Raventós. Ese momento llegó cuando apareció la cooperativa de Aiguamúrcia, “que lleva 45 vendimias cerradas”. La primera impresión fue muy intensa, “como una señal y que estábamos obligados a poner esto en marcha”, confiesa este enólogo. La intención no era explotar el lugar de forma industrial, sino preguntarse: ‘Todo lo que hay, ¿cómo lo podemos recuperar?’. “Y con el resto de respetar el espíritu del cooperativismo nacido hace más de 150 años para reactivar el campo tras guerras y épocas difíciles”.

"Para mí lo importante que el vino esté buenísimo, pero también que cuente esa historia de cooperativismo, de historia rural, de patrimonio”, explica. Así, la venta del vino permite reinvertir en la restauración del edificio y del paisaje, porque “con lo que vamos generando se va invirtiendo en mejorar”, uniendo calidad, memoria histórica y compromiso con el territorio.

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Las cooperativas de alrededor, en la provincia de Tarragona, sí eran famosas, pero esta se quedó estancada desde que cerró hace 45 años.@ Cortesía de Can Sumoi

Un patrimonio local

Para la historiadora del arte Judit Romeo, natural de la zona y como decíamos colaboradora en la recuperación del edificio, la cooperativa de Aiguamúrcia representa un patrimonio histórico poco conocido incluso por los vecinos. “Las cooperativas de alrededor, en la provincia de Tarragona, sí eran famosas, pero esta se quedó estancada desde que cerró. Todo el mobiliario, las prensas y la maquinaria se conservaron intactos, lo que le da un valor añadido”, revela. Romeo, que trabajó en el proyecto final de su máster sobre esta cooperativa, subraya cómo el edificio refleja la vida colectiva del Penedès: “En un pueblo tan pequeño, cada socio aportaba lo que podía: materiales, trabajo o conocimientos. La cooperativa era infraestructura e institución colectiva al mismo tiempo”, desvela.

Construida con piedra local, ladrillo y hormigón, la cooperativa tiene una sola nave de 22,5 metros de largo dividida en dos partes: una para la recepción y tratamiento de mosto y otra con las tinas de fermentación del vino. Los arcos parabólicos que soportan la estructura reflejan la influencia de Antoni Gaudí, mientras que la fachada con cerámicas vidriadas recuerda la tradición de las masías catalanas. “Martinell adaptaba los edificios a las necesidades de la gente. Hablaba con los socios, con la gente del pueblo y observaba el entorno, para construir un espacio funcional, adaptado y estéticamente cuidado”, explica Romeo, añadiendo que Martinell creía que la belleza educaba y que, en estos casos de edificios industriales, hasta aumentaba la productividad.

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Según se lee en los libros originales de la cooperativa de hace 150 años, el presupuesto nicial con el que contó el arquitecto discípulo de Gaudí fue de 93.380 pesetas, de las cuales 66.327,50 se destinaron a albañilería, 11.580 a madera y 1.750 a piezas de hierro.@ Cortesía de Can Sumoi

Porque estos edificios no eran meras bodegas: eran Catedrales del Vino, concebidas con sistemas de ventilación, vinificación por gravedad y control de luz natural, pensadas tanto para la eficiencia productiva como para dignificar el trabajo agrícola.

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Historia preservada en libros y planos

Judit Romeo tuvo acceso a los planos originales del arquitecto y a los libros de actas desde 1919, donde se registraban presupuestos, decisiones colectivas y producción de vino. El proyecto inicial contaba con un presupuesto de 93.380 pesetas, de las cuales 66.327,50 se destinaron a albañilería, 11.580 a madera y 1.750 a piezas de hierro. La cooperativa estaba diseñada para una capacidad de “4.000 cargas de vino” (así aparece en el libro), mientras que hoy el almacenaje alcanza los 6.000 hectolitros.

En un contexto de despoblación rural y abandono de patrimonio agrícola, la cooperativa resurge como ejemplo de cómo un edificio concebido para dignificar el trabajo colectivo puede integrarse en la vida productiva actual sin perder su identidad. “Aiguamúrcia es un puente entre pasado y presente. Aquí se vivía la vendimia, se hacían fiestas del pueblo y se compartían esfuerzos. Hoy, al devolverle su función, también devolvemos parte de la memoria colectiva del Penedès”, concluye Romeo.

La intención es instalar la prensa este año y comenzar a vinificar en la vendimia actual. Si los permisos para restaurar el edificio se retrasan, la actividad se pospondría a 2027. Sobre el vino, queremos saber un poco más, además del precio de venta en España, unos 30 euros. “Los vinos de la zona —tintos, blancos y rosados— destacan por su baja graduación alcohólica y acidez equilibrada, gracias a la altitud y el suelo, lo que les da potencial de envejecimiento y refleja el territorio”, explica el experto, que incluso considera crear una etiqueta conmemorativa del histórico edificio restaurado para las botellas. ¡Salud!

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