Nació en Medellín y la crisis de violencia del país obligó a su familia a mudarse a Cartagena cuando era una muy pequeña. La infancia de Catalina González Jorba, diseñadora y fundadora de la marca Dondolo, transcurrió en la costa caribeña hasta que se trasladó a donde hoy reside, a Estados Unidos, para estudiar en la universidad. Catalina lleva más de 20 años fuera de Colombia y, sin embargo, la casa familiar permaneció en Cartagena, y se convirtió en ese lugar para llegar de vacaciones y rodearse del calor de la ciudad y los afectos. Se entiende por qué Catalina eligió el puerto colombiano para casarse en la Catedral de Santa Catalina de Alejandría. Y también por qué, ya con cuatro hijos, quiso tener un hogar propio para sentirse íntimamente conectada con esa parte fundamental de su vida.
El matrimonio encontró una casa colonial en una de las zonas patrimoniales más privilegiadas por su entorno arquitectónico. Se trata de un edificio centenario en la misma calle donde se encuentra el Teatro Heredia, que llega hasta la plaza de la catedral. Desde el tercer piso del inmueble se pueden ver la cúpula de la iglesia y el mar. Cuando la encontraron, la casa estaba en mal estado: González estaba decidida a rescatarla y a respetar su configuración original. También quería que el interiorismo y la decoración hablaran de su historia y la riqueza artesanal y artística de Colombia. Por el cuidado que requirió, las obras tomaron cinco años hasta que la residencia quedó terminada. "Ya hemos pasado unas primeras vacaciones en la casa y estar ahí es una inmersión profunda en la cultura colombiana", contó González. "En el idioma, la comida, el olor, los colores, el arte de Colombia. Por eso era tan importante para nuestra familia tener esta casa".
La residencia original no había sufrido intervenciones arquitectónicas a lo largo del tiempo, pero tampoco había sido mantenida. Como consecuencia, muchos de sus muros se habían caído. De la mano del arquitecto Vladimir Caballero —autor del Hotel San Agustín, también en Cartagena, y con experiencia trabajando en residencias del centro histórico-, procuró dejar los arcos existentes y respetar el lugar de las columnas, así como levantar las paredes donde era necesario, o conservar las que estaban, quitándoles las capas para develar su material histórico. De este modo, el proyecto se convirtió en más que una restauración, pues también se propuso reconstruir, donde era pertinente, de la manera más fiel posible a la casa original.
"Vladimir Caballero nos ayudó a respetar el diseño colonial, a incorporar detalles como los techos con vigas de madera, y otras decisiones que quizás hicieron más compleja la obra, pero que para nosotros eran muy importantes", aseguró Catalina.
Para el interiorismo y la decoración, contó con la colaboración del diseñador colombiano Miguel Soto. González tenía muy claro que no le interesaba una estética que contrastase con la arquitectura. Por el contrario, su visión era maximalista, con muchas referencias históricas; plena de objetos con tradición, y de texturas y colores que arraigaran la residencia a su entorno. En ese sentido, los murales pintados por el artista cartagenero Jhampier Ramos Jiménez determinaron la atmósfera: las imágenes coloniales, que rescatan motivos de flora y fauna, "transformaron los cuartos en galerías de folclor local y de imaginario poético", aseguró Catalina González Jorba.
Los grandes candelabros que cuelgan de los techos de madera fueron forjados en hierro por José Carmelo Díaz, uno de los pocos en Cartagena que mantienen este oficio. Destacan también las canastas tejidas con cobre, que para Catalina son piezas tan valiosas que quiso colocarlas en sus paredes como arte. Por su marca de ropa para niños, la diseñadora está muy en contacto con artesanos del rubro textil en Colombia, donde se manufacturan sus prendas. Por eso, pudo llegar a Olga Buelvas, tejedora de hamacas tradicionales, para pedirle un encargo que emocionó a la propietaria especialmente: las cortinas de la casa no son en tela, sino en tejido de hamaca, hecho con la técnica de telar vertical y con terminaciones en macramé, todo a mano en San Jacinto, en Bolívar. "Es una muestra del profundo compromiso que tiene esta casa por las técnicas que honran el tiempo", expresó González.
Como miembro del comité del Museo de Arte Contemporáneo de Dallas, Texas, Catalina promueve activamente a los artistas latinoamericanos en Estados Unidos. Este compromiso se expresa naturalmente en Cartagena, donde el arte es factor determinante. Con la asesoría de la consultora Temple Shipley, González paseó por la feria ARTBO y visitó el estudio de Olga de Amaral. El resultado de esa inmersión son espacios que vibran con la expresión artística colombiana: una escultura en bronce de Fernando Botero; un bodegón de Ana Mercedes Hoyos; la instalación de oro y cobre de Miler Lagos; y dos pinturas de Beltrán Obregón, que fueron colocadas en la misma habitación donde se encuentra un juego de té pintado por su tío, el modernista Alejandro Obregón, son algunas de las piezas que los ambientes atesoran.
"Quería que mi casa fuera una recolección de lo hecho a mano y de la vida de las personas detrás de estas piezas, porque yo siento que eso es Colombia", explicó González. "Es un país muy bonito, tiene vegetación, paisajes, cultura. Pero para mí, una de las partes más importantes de Colombia es su gente, tan especial".
Pensando en eso, justamente, la nombró Casa Don Luis, por su padre, una de las personas más importantes de su vida, quien llegó a ver la casa en obras y estaba muy contento. Su padre murió hace tres años: ponerle su nombre a la casa fue un homenaje que quisieron hacerle. Y queda como un emotivo recordatorio de que ahí donde estén los afectos estará siempre la patria.







