Dos casas de corcho entre el bosque y el mar para vivir los veranos más idílicos en familia

La premisa de vivir en completo contacto con la naturaleza se cumple en estas cabañas de corcho y madera que apenas tocan el paisaje, manteniendo intacto el precioso ecosistema de pinos, alcornoques y encinas que las acogen en la Costa Brava.
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La sombra de los pinos protege las ventanas de los rayos del sol.© José Hevia

Dos casas de corcho entre el bosque y el mar para vivir los veranos más idílicos en familia

Entre el bosque y el mar. Ese es el paisaje privilegiado en el que se encuentran las dos casas de corcho, que forman un solo complejo, proyectadas por López Rivera en Cataluña. “Se levantan en una parcela densamente poblada de pinos altos y esbeltos, alcornoques jóvenes y encinas, en una zona de la Costa Brava en la que antiguamente había explotaciones de corcho”, explican desde el estudio. De ahí proviene la idea de recubrir las viviendas -refugios de fin de semana y veraneo para tres generaciones de una misma familia-, con dos capas de este material, traído de Portugal.

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“La parcela presenta una fuerte pendiente ascendiente desde la calle de acceso, y una pila de agua de nueva creación ocupa el punto más elevado. Las dos casas se sitúan a medio camino entre la calle y la pila, y ambas conforman un lugar exterior de llegada y de encuentro para las tres generaciones de una familia que habitan este conjunto”, cuentan desde López Rivera.

© José Hevia

Más allá de la perfecta integración paisajística que consigue este gesto, cubrir con corcho las estructuras de las casas -de hormigón en la base y de madera contralaminada de pino en el resto- mejora las propiedades térmicas de la envolvente gracias a sus cualidades aislantes.

En los interiores, no obstante, se deja vista la madera, generando la acogedora atmósfera propia de una cabaña, o en palabras del estudio, “unos ambientes cálidos de un carácter más próximo al bosque cercano, y no tanto al mar, que se encuentra a 500 metros de las casas”.

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Las estancias se definen por su relación con el exterior.

© José Hevia
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El corcho es un material natural, sostenible y reciclable, con una alta durabilidad.

© José Hevia

A esta cálida sensación contribuye la distribución ideada por los arquitectos: “Los espacios interiores, de escala íntima, se encadenan entre sí, sin necesidad de pasillos, en una secuencia de estancias de distinto tamaño. Sus usos se definen mediante la relación con el exterior, ya sean las vistas a lo lejos del mar, la visión de las copas de los pinos o las salidas directas al terreno”, añaden.

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El palio de hormigón arenado, que evita pavimentar el suelo.

© José Hevia

Con una superficie total construida de 247 + 112 metros cuadrados, la casa de mayor tamaño sirve de escenario para la mayor parte de los encuentros familiares y extiende su planta principal mediante un palio exento, es decir: una losa de hormigón suspendida entre la vivienda y los pinos que, como un dosel contemporáneo, enmarca dos terrazas superpuestas con vistas al mar y a la sierra litoral de Les Gavarres.

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© José Hevia

Esta estructura bajo la que compartir en familia potencia la relación con el entorno natural sin apenas alterarlo, creando sombras, vistas y espacio habitable allí donde apenas incide sobre el relieve de la finca. “Las casas, compactas y verticales, emergen de un terreno accidentado en el que se ha intentado tocar lo mínimo posible, evitando intervenir en la topografía natural —prescindiendo de muros, terrazas pavimentadas y garajes soterrados”, cuentan desde López Rivera.

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El interior está creado con madera contralaminada del País Vasco.

© José Hevia
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La parcela cuenta también con una piscina.

© José Hevia

Redundando sobre este espíritu conservador y ecológico, el estudio también ha apostado por el máximo mantenimiento de la vegetación existente, potenciándola con nuevas plantaciones de especies mediterráneas de sotobosque. De este modo, se preserva el ecosistema y se mantiene la impresión de que el lugar apenas ha cambiado tras la intervención.

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Cada espacio está pensado al milímetro.

© José Hevia