¿Cómo proteger y honrar la casa de los abuelos haciéndola a la vez habitable en la actualidad? Eso fue lo que se preguntaron Marina Hernández y Rafael Calero, joven pareja sentimental y profesional tras Che.studio.
“Cuando comenzamos este proyecto, sabíamos que teníamos una responsabilidad con el lugar y con nuestra historia. Los abuelos de Marina construyeron con sus propias manos la base de este lugar, al que a toda la familia nos trae infinidad de recuerdos, y nos hace tratarlo con un enorme respeto. Ese lazo tan profundo transforma cada rincón del refugio en un testimonio de nuestra historia. El reto de dar vida a este espacio no fue fácil, pero al mismo tiempo, sentimos que estábamos asumiendo el papel de guardianes de un legado familiar que queríamos mantener vivo”, explican los arquitectos.
El desafío más importante, pues, fue mantener esa esencia, así como cuidar que el paisaje se mantuviera intacto. “El mayor reto fue diseñar respetando las preexistencias, tanto naturales —como las encinas, la topografía y el granito del terreno— como las artificiales, ya que había construcciones previas realizadas por mis abuelos, con una fuerte carga sentimental. Desde el inicio tuvimos claro que queríamos intervenir lo mínimo posible”, cuenta Hernández.
Con ese mismo espíritu de conservación, decidieron construir con materias primas locales, métodos artesanales y elementos fabricados a mano por ellos mismos: “Trabajamos casi exclusivamente con materiales de la zona. La piedra proviene de la propia parcela y los muros interiores están encalados con cal natural, una técnica tradicional de la región. El suelo es de cemento pulido, y la madera —castaño y pino— procede de un aserradero cercano. Las carpinterías metálicas se pintaron en un tono verde inspirado en la hoja seca de la encina, un color que conecta directamente con el paisaje”, cuentan.
También hubo elementos reciclados, como las ventanas: “Hay piezas antiguas reutilizadas que tienen un gran valor emocional. Las puertas y ventanas, por ejemplo, se han recuperado de casas del pueblo: mi abuela y luego mi madre las fueron guardando a lo largo del tiempo, muchas veces regaladas por vecinos. Cada una tiene su historia y nos gusta pensar que estos elementos han tenido varias vidas, que ya fueron parte de otras casas y otras épocas”, explica Hernández.
Por su parte, los embellecedores de los mecanismos eléctricos (es decir, de enchufes e interruptores) fueron diseñados y fabricados por ellos mismos, así como los tiradores de cuero que crearon para la cristalera del salón. No obstante, aún necesitaban a personal especializado para hacer realidad el resto de sus ideas, y no fue fácil hallarlo.
“En la fase de obra, lo más complejo fue trabajar con sistemas constructivos tradicionales. Hoy en día es difícil encontrar profesionales que dominen estas técnicas y estén dispuestos a aplicarlas con el cuidado necesario. Afortunadamente, durante el proceso conocimos a dos personas excepcionales, Luismi (constructor) y Rubén (carpintero), con quienes finalizamos el proyecto. Hubo un entendimiento total desde el primer momento, y fue un proceso muy enriquecedor para todos”, rememoran.
Gracias al trabajo de estos artesanos y a la reforma proyectada por Che.studio, a la vez respetuosa, cálida y actual, el pequeño refugio ha cobrado nueva vida. “Es un lugar de paz, pensado para el encuentro. El proyecto nace con la intención de crear un espacio de reunión familiar y con amigos en plena naturaleza. Queríamos que se viviera tanto hacia dentro como hacia fuera, que siempre hubiese conexión visual y emocional con el entorno”, cuenta la pareja.
El comentario que más se repite entre quienes la visita, que afirman “sentirse en casa”, es el mejor testimonio de que lo han logrado: “Eso nos emociona, porque era justo lo que queríamos conseguir: un lugar acogedor, sencillo y auténtico”.
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