En esta casa de campo de Pensilvania, la topografía interior sigue fielmente las ondulaciones del paisaje que la rodea, como si el terreno hubiera decidido filtrarse hacia adentro y modelar cada estancia. Los desniveles no se ocultan: se celebran en plataformas escalonadas, suelos que ascienden y descienden con suavidad y techos que acompañan ese gesto de minimalismo orgánico que brinda una percepción de amplitud y fluidez. Aquí, la arquitectura no impone una geometría rígida, sino que dialoga con la naturaleza hasta fundirse con ella, desdibujando los límites entre interior y exterior.
Ubicada en un entorno natural de diez acres, esta casa de campo en Villanova, Pensilvania, cobró nueva vida gracias a una renovación a cargo de la firma Lauren Thomsen Design, con sede en Filadelfia. Construida a mediados del siglo XX según los cánones del modernismo estadounidense, la vivienda se sometió a una renovación radical de veinte meses que combinó el respeto por la estructura original con una nueva sensibilidad de diseño.
Una casa de campo que reescribe el modernismo
Las obras comenzaron con la demolición de una ampliación provisional, sustituyéndola por dos secciones a dos aguas diseñadas para equilibrar el volumen y conectar con la cubierta existente. “Queríamos celebrar el carácter original al introducir una estética contemporánea que lo complementara sin imitarlo”, explica la arquitecta Lauren Thomsen. Un gesto cuidadosamente meditado que rediseña el perfil de la casa de campo sin traicionar su esencia, abriendo el espacio a la luz y al paisaje circundante.
“Nuestro objetivo era celebrar el carácter original del inmueble a la vez que introducía una estética moderna y de minimalismo orgánico que lo complementara”, apunta Lauren Thomsen.
Las nuevas cubiertas no solo se integran con la estructura existente, sino que también simplifican la circulación interna y enmarcan las vistas del paisaje, permitiendo la entrada de luz natural desde todos los ángulos. El proyecto partió de una observación específica: los espacios existentes eran oscuros y fragmentados, incapaces de realzar el contexto natural. De ahí la decisión de orientar la distribución según la morfología del terreno, fomentando la relación entre el interior y el exterior, la luz y la topografía.
La luz natural como guía de diseño
La idea de incorporar luz natural al interior también se materializó en el baño principal, uno de los espacios más impactantes de la casa de campo. Excavado en la ladera, el espacio fue concebido como un refugio privado inmerso en la tranquilidad. “Se integró intencionadamente en la ladera”, señala Thomsen. “Añadimos ventanas altas y un techo abovedado que permiten que la luz se filtre suave y difusamente durante todo el día, creando una atmósfera acogedora, casi de spa”.
Casa de campo hecha de roble, piedra y madera
La intervención también actúa con discreción e inteligencia en el plano material y decorativo. Uno de los signos más distintivos es el uso de duelas verticales de madera, presente en varias partes de la estancia: desde las ligeras barandillas interiores hasta las librerías que guían la mirada hacia arriba, donde los tragaluces se abren para amplificar la percepción del espacio. “En el exterior, el nuevo revestimiento de lamas verticales recuerda las lamas originales, estableciendo un vínculo entre lo antiguo y lo nuevo que no se limita a la forma, sino que se extiende al material”, explica el arquitecto.
“Queríamos respetar las variaciones de altura existentes y utilizarlas para definir la distribución de las estancias”, continúa Thomsen. De esta manera, la casa de campo se estructura según una topografía interna que sigue la topografía natural del terreno, creando una sensación de continuidad y armonía con el paisaje. Esta lógica también se refleja en la selección de materiales y acabados. La madera de roble blanco, dejada al natural con un acabado mate, se utiliza para suelos y carpintería, mientras que las encimeras de esteatita de la cocina añaden un contraste elegante y funcional. “Buscamos mantener una paleta cálida y auténtica, hecha de materiales duraderos y naturales”, explica el arquitecto.
Una topografía interior que sigue la pendiente
El paisaje circundante, con su luz y color en constante cambio, guió cada decisión de diseño. Los interiores se concibieron como un telón de fondo silencioso en constante diálogo con el exterior. El resultado es un espacio que transmite una sensación de calma y serenidad, realzada por un mobiliario que combina iconos modernistas con piezas más minimalistas, seleccionadas para complementar, en lugar de saturar, la narrativa arquitectónica.
En el interior, la relación entre lo nuevo y lo existente se desarrolla con sutileza. Se conservaron y mejoraron elementos originales, como vigas, columnas vistas y un muro de carga de piedra local. Junto a estos, nuevos espacios, como la cocina y un rincón de biblioteca con claraboya, enfatizan la geometría de la casa de campo. “Los techos de la sala de estar se elevaron con volúmenes abovedados, siguiendo la lógica estructural del proyecto original, para garantizar una continuidad perceptiva entre el pasado y el presente”, detalla el arquitecto. El proyecto también se centra en las dimensiones táctiles y perceptivas. La paleta de materiales es intencionadamente sutil para complementar la estratificación natural generada por los espacios abiertos y progresivos. “Es una elección que refuerza la jerarquía visual entre el interior y el exterior, evitando sobrecargar las vistas”.
Diálogo con la colina y el paisaje
La iluminación contribuye a hacer aún más fluido el conjunto: nada de focos empotrados, sino luz difusa confiada a carriles lineales, dispuestos al ritmo de las vigas vistas, cuidadosamente mantenidas y acabadas. Una vez más, el reto consistía en integrar nuevos sistemas técnicos sin distorsionar los elementos existentes, preservando su carácter. “En el interior de la casa de campo se percibe un equilibrio casi escénico entre la sensación de protección que genera la colina y la apertura al exterior”, concluye Thomsen. Un juego de tensiones visuales que restablece la conexión más auténtica con el paisaje: no como telón de fondo, sino como parte integral de la arquitectura.
Artículo publicado originalmente en AD Italia.



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